UNA MUJER EN BARCELONA

Por Carlos Obando
Viendo el trabajo de esta mujer con más de 70 años y 35 haciendo documentales se aprende lo que es un espíritu libre. Su vida está marcada por la irreverencia, la valentía y el poder de la palabra y la imagen. Mujeres desoladas, mujeres enfermas terminales, mujeres que abortan y que paren en medio de los pesticidas vertidos en los cultivos de flores, en "Amor, mujeres y flores". El trabajo infantil en las canteras de piedra en "Chircales". Los sobrevivientes de las luchas por la tierra en un país de campesinos en "Nuestra voz de tierra, memoria y futuro". "Amapola, la flor maldita", "Los hijos del trueno", "La hoja sagrada", trilogía sobre los cultivos ilícitos en Colombia o "Nunca más" donde los desplazados de una violencia con nombre propio: grupos armados que utilizan la masacre y el desplazamiento de poblaciones enteras como estrategia de una guerra que lleva más de cincuenta años, son algunos de los documentales que vimos de Marta Rodríguez, cineasta rescatada del olvido, en el reciente festival de Docúpolis de Barcelona.
Y ¿quién es Marta Rodríguez?, pues una mujer sencilla, colombiana, con rostro de indígena y voz potente que no ha hecho otra cosa que ir a contracorriente documentando una tierra de excluidos y parias. Una cineasta censurada en su propio país, que no ha dependido de subvenciones, no ha coqueteado con el poder o el güeto de la industria local para decir y narrar lo que se le ha dado la gana.
Si hubiese que escoger una palabra, un verbo, para entender su filmografía, ese es denunciar. Denunciar la densa y oscura presencia de las multinacionales en América Latina, el capitalismo salvaje, el neoliberalismo. Denunciar la guerra de la coca que nutre y sostiene el conflicto. Denunciar el accionar de guerrillas, paramilitares y narcos que desmantelan y azotan la población civil en nombre de la justicia y dizque la paz.
Marta Rodríguez ha construido una filmografía sólida y para ello ha rodado en cine, en Betacam o en diminutas cámaras digitales, en un lenguaje sencillo, sin malabarismos tecnológicos o estéticos su trabajo adquiere valor por lo que sus personajes hablan o sus imágenes enseñan, aunque para ello haya tenido que recurrir a los testimoniantes ocultos, a no rodar primeros planos de los lideres para mantener su anonimato, o a renunciar a amplias audiencias que pongan en peligro la vida de los que allí aparecen. Las dificultades para realizar sus documentales en un país en donde la palabra mata y decir la verdad puede costar el exilio, que tiene una cifra alta de periodistas asesinados y exiliados, no sólo es de una enorme osadía, sino digno de un record guines de la supervivencia. A ella le cabe la reflexión que la prueba de que en Colombia no se ven sus documentales (aunque viajen por todo el mundo) es que aún no ha sido abaleada. Sin embargo, hecho el comentario a la cineasta, su respuesta fue tajante: mis películas si se ven y mucho, pero los canales de distribución son otros no comerciales; se estudian en universidades, van a festivales, se analizan en las propias comunidades. Interesante su decir, sin embargo, este país que ella retrata sigue siendo invisible a los ojos de la gran mayoría de colombianos que no despegan las retinas de sus televisores y que viven embelesados -quise decir informados- con lo que cuentan los noticieros sujetos al poder, que se alimentan de la guerra y que ignoran -o quieren ignorar- un país que se debate entre la injusticia, la inequidad y la miseria.
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Autor: Fernando Montes Botero
Fecha: 11/07/2007 18:00.











